Lo que podemos aprender de los macacos para superar la pandemia

En septiembre de 2017, una pequeña isla puertorriqueña llamada Cayo Santiago fue arrasada por el huracán María.  Con ella fue destruida buena parte de la vegetación que comprende los medios esenciales para la vida de la población de macacos Rhesus (que se encuentran bajo observación científica desde hace décadas, según un estudio publicado a principios de abril en la revista Current Biology).

Lo sorprendente es que en medio de la crisis ecológica en la que hasta un 63% de la vegetación de la isla se perdió, y siendo esta necesaria para resguardarse del sol, los macacos crearon redes de solidaridad que se extendieron más allá de su círculo social habitual. 

Por lo regular, los macacos comparten los espacios que les permiten refugiarse del sol con sus conocidos inmediatos; sin embargo, ante la catástrofe que enfrentaban, empezaron a compartir la escasez de refugios con desconocidos, evitando una situación potencialmente conflictiva, así como una competencia desmedida por esos espacios.

El estudio señala cómo al extender redes que permiten la coordinación comunitaria se logra la integración del grupo; por el contrario, se habría tendido a la fragmentación social si los monos se hubieran enfocado en compartir solo con los lazos sociales ya consolidados. Resulta interesante cómo la población de macacos Rhesus de Cayo Santiago entendió la importancia de la solidaridad y la cooperación en situaciones críticas.

Y es aún más interesante porque el comportamiento de los macacos de Cayo Santiago ante la devastación contrasta a la perfección con las posiciones de la comunidad internacional durante la pandemia de covid-19. En lugar de afrontar un problema de salud global mediante procedimientos y mecanismos que supusieran una respuesta común y coordinada, se evidenció la debilidad de las instituciones y la profundidad de las desigualdades sociales, económicas y políticas que existen entre el primer y el tercer mundo.

La humanidad se ve amenazada por un virus que es tan pequeño en relación a una persona como lo es una gallina de todo el planeta tierra, pero que tiene una capacidad sorprendente para reproducirse, mutar e infectar a tantas personas como le sea posible; además de haber evidenciado lo frágiles y vulnerables que son nuestros sistemas de salud. La interdependencia entre las naciones que supone la globalización parece no ser suficiente motivo para implementar estrategias comunes orientadas a garantizar la salud y el bienestar de la humanidad.

Por el contrario, hemos visto una dinámica de poder que ha visibilizado las pugnas interestatales que existen debido a la falta de un orden centrado en la cooperación; lo que sumado a la desigualdad que existe entre los mismos, provoca que sean los países más pobres quienes deban lidiar con las consecuencias más desastrosas de la pandemia. La acaparación de vacunas por los países de renta alta, así como su instrumentalización geopolítica, vuelve vulnerables a los países del sur global e imposibilitan la superación de la crisis.

Es imperativo cambiar el paradigma actual centrado en la mercantilización de la salud, y empezar realmente a considerarla como un derecho humano básico. La capacidad de mutación del SARS-CoV-2 cuestiona radicalmente este paradigma. La pandemia es un desafío global, y mientras el virus no sea erradicado completamente de todos los países, las estrategias realizadas para superar la crisis global actual estarán condenadas al fracaso. 

En la línea de lo planteado por Zizek, la necesidad de una mayor coordinación y cooperación global es la única forma de garantizar la supervivencia humana, teniendo por motivación razones simplemente racionales y no utópicas. La interconexión del mundo en que vivimos obliga a ello.

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