Ilustración: Rafael Mora

Entre colas, se nos va la vida

Suena la alarma, son las 4:30 de la mañana y mi hora de entrada al trabajo es a las 8. Con desgano me levanto. Están encendidas las luces de la casa: es mi mamá que ya tiene puesto su uniforme del trabajo en donde gana un poco más del salario mínimo y con eso ha tenido que sostener a sus tres hijos.
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La cubeta ya está llena en la regadera con agua que hervimos en la estufa. Aunque teníamos calentador, en la zona 17 el agua solo llega tres días a la semana y unas horas por la noche. Si no tenés cisterna, como en nuestro caso, de nada sirve tener calentador porque la presión del agua del tinaco no activa la resistencia y no calienta el agua.

Luego de todo este ritual diario, salimos de casa para iniciar la primera cola del día que es la del Transurbano. Como la gran mayoría en este país, no contamos con carro propio por lo que la única opción para movilizarnos es el transporte público. Nunca ha sido eficiente en esta área de la ciudad por lo que la espera a veces puede ser muy larga. 

Cuando, al fin, se asoma algún bus de Canalitos, que casi siempre viene lleno, toca rogar para que haya espacio en donde quepamos, usualmente es cerca de la puerta. Cuando no lo logramos, la opción que queda son los microbuses o taxis colectivos, en donde uno queda a merced de sus precios sin control, que siempre son mucho más altos que el transporte público.

Además ya sabrán como es esto:  “donde caben dos, caben tres”. Y allí va uno metiéndose como puede.

La movilidad en el transporte público para los trabajadores en este país es de pasar de una cola larga a otra cola más larga. Cola para tomar el bus y salir de la colonia, cola en el bus para llegar al Puente Belice en donde confluyen todas las zonas del norte; cola en el Centro Histórico y finalmente, cola para poder tomar el Transmetro en Plaza Barrios e ir a la zona 10. 

Tres horas para poder llegar a trabajar y si a esto le sumamos la jornada laboral, más las horas para regresar a casa, se convierte en 13 horas o más. 

Ya estoy en mi trabajo, reviso constantemente cualquier reloj deseando que las horas se escurran rápido: 10, 12, 2, 4, hasta que finalmente llegan las tan deseadas cinco de la tarde y ya puedo salir. 

En la calle voy con el temor de sacar el teléfono del bolsillo y ver la llamada de mi jefe porque falta algo o porque nos tenemos que quedar hasta tarde, sin pago de horas extra, por supuesto, pero quizás sí una pizza. Si todo sale bien y logro caminar más allá de un kilómetro del trabajo, esa emoción se termina rápido al darme cuenta que de nuevo me debo meter al mar de colas de esta ciudad.

Me subo al bus de regreso. Respiro aliviado y de repente me encuentro en la banca de un parque con un libro entre las manos. Hay más personas a mi alrededor, algunas sentadas en una manta celebrando un cumpleaños, otras hablando tranquilamente por teléfono, paseando sus perros o subidas en una bicicleta. 

En eso Carlos me pregunta si estoy de acuerdo con que ese fin de semana salgamos a protestar por el agua de la colonia. Abro los ojos de repente y despego la cabeza de la ventana. Estamos por llegar a la parada de la colonia. Son las 8 de la noche. Estaba fantaseando otra vez. Esta ciudad no da tregua.

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