Arte: Herbert Woltke sobre foto de Simone Dalmasso.

Un hígado con muletas

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Guatemala no tiene presidente. Quienes lo creemos así, lo afirmamos no porque le apostemos a la desestabilización constante del sistema político como salida a nuestros problemas, o porque busquemos atentar contra la sacrosanta institucionalidad con la que, bajo el manto sagrado de la democracia, los delincuentes en el poder se burlan y aprovechan de nosotros de forma desvergonzada.

Lo decimos porque es la verdad. Alejandro Giammattei no es presidente: Es un hígado con muletas, con las cuales sostiene el peso de su voluminoso desprecio hacia el pueblo al cual juró gobernar y dirigir.
Claro está que no le importa la gente, ni siquiera quienes votaron por él. Vela únicamente por preservar su ego, cumple con los negocios que favorecen a quienes por años lo sostuvieron y respalda a los que incondicionalmente encubren los actos de corrupción de su gobierno. Es bueno y leal solo con sus cercanos, con aquellos que no le cuestionan una sola decisión.

Diseñar, planificar e impulsar acciones en favor del bienestar de la ciudadanía parece ser una tarea que le harta. Nos lo demuestra constantemente con hechos y palabras. Amenaza, reprocha y culpa al guatemalteco por sus propios desaciertos como gobernante. Se victimiza. Nos miente de frente y sin titubear.

Nos trata cual caporal de finca: hepática, visceral, violenta y autoritariamente. Y, más recién, con el caso de las vacunas Sputnik, nos tima pero se ofende cuando se le exige que rinda cuentas.
Si un individuo posee tales características es porque su salud emocional es un desastre, lo cual es algo grave. Todas las heridas que Giammattei a nivel interno no ha podido enfrentar ni sanar, las está canalizando y haciendo explotar a través del puesto. Lo malo, es que esa inestabilidad suya está generando una factura altísima para todas y todos, que se traduce en que, una vez más, el país afianza sus condiciones de desigualdad y camina en franco retroceso.

Ahora, en una muestra más de desequilibrio y cobardía, amenaza con un Estado de Prevención porque le irrita que las personas manifiesten su inconformidad ante el ineficiente manejo de la pandemia, por la indiferencia criminal con la que enfrenta el incremento de casos y muertes por COVID-19, y ante la mediocre negociación de vacunas sin respaldo ni garantías para el Estado de Guatemala. “Ya fue suficiente, ahora van a ver ustedes la respuesta”, nos mandó a decir

A estas alturas es claro que nada ni nadie será capaz de hacerlo entrar en razón; a lo mejor no hay quién se atreve, más que el pueblo mismo. Y lo sabe, por lo que apela a la amenaza como recurso para sentirse un poco más seguro.

El presidente le teme al pueblo que aborrece. Por lo tanto, a la ciudadanía no le queda otra alternativa que la protesta constante y la exigencia ciudadana, hasta que abandone el cargo.

Si es evidente que Giammattei detesta tener bajo su responsabilidad el liderazgo del país, lo prudente es que renuncie, que busque ayuda para aceptarse y perdonarse; que sane y trate de disfrutar lo que le resta de vida, si es que la conciencia se lo permite.

Y, en ese ínterin, ojalá también aprenda a contener no las voces legítimas de la gente, que exige lo que merece y necesita, sino su bilis y arranques de furia, que lo hacen embarrarse a cada rato con el estiércol de su propia estupidez.

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