Lo hacemos con cautela: la historia de Guatemala ha evidenciado cómo la institución eclesiástica ha sido ejercida e impuesta desde la violencia, el despojo y la desigualdad en los pueblos del país. A pesar de ello, nos preguntamos qué podemos aprender de la religiosidad popular —las historias, mitos y leyendas que rodean a estas imágenes— sobre la forma en que la ciudad se ha reunido a lo largo de su historia.
Es la religiosidad popular y las comunidades de fe, más que la institución católica, las que nos animan estas palabras.
Hay muchas formas de hablar del Cerrito del Carmen, hoy queremos hablar del cerrito como referente histórico y fundacional del Valle de la Ermita: un lugar que cuenta cómo ha crecido esta ciudad y lo que sus habitantes narran de la vecina que habita en él.
En el s. XVII, mucho tiempo antes de que a este territorio lo nombráramos ciudad, se asentó en el Valle de las Vacas Juan Corz, terciario fransciscano italiano, quien trajo consigo la imagen de la Virgen del Carmen. Tras su llegada, la imagen ganó relevancia entre la población española y criolla que habitaba en los alrededores y en paralelo, familias mayas de las Verapaces se asentaron en lo que hoy es Canalitos, zona 24, enviadas al resguardo de la imagen a cambio de tierras, después de que Corz desapareciera por acusaciones de brujería.
La población asentada en Canalitos conforman el poblado llamado Asunción Ermita y en 1720 se funda la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, heredera del legado espiritual de esas familias. Muchas personas lo desconocemos pero eso es lo que llevará al rey Carlos III a nombrar Nueva Guatemala de la Asunción al traslado oficial de la ciudad en 1776.
Se traslada la ciudad y con ella, muchas poblaciones indígenas son también trasladas forzosamente a la nueva ciudad, una construida a partir de trabajo forzado y esclavitud de los pueblos. Entre ellos Jocotenango, cuya feria celebraremos pronto en honor a la patrona de la ciudad.
Esta ciudad, nuestra ciudad, fue edificada material, simbólica y espiritualmente por mucha población maya, a veces cercana y otras alejada de la institución eclesiástica. El Cerrito hoy nos recuerda estos orígenes, a las familias de Canalitos, Asunción Ermita, Jocotenango.
Hablar de la historia del Carmen permite recuperar un relato muchas veces silenciado y conectar con lo que ha dado forma —simbólica y material— a la ciudad. También nos permite devolverle sentido a los cerros, valles y ermitas que guardan la memoria de la ciudad donde vivimos. Las ciudades no nacen siendo ciudades, y Guatemala no es la excepción: conserva estas historias en sus comunidades de fe y en las dinámicas populares que acompañan el día de su santo. Junto a estas imágenes, la ciudad ha crecido no solo espiritualmente, sino también materialmente.
La espiritualidad da sentido de vida a los pueblos, y por eso puede ser instrumentalizada como legado colonial de control territorial. A pesar de ello, cada 16 de julio, gente del cerrito y de más allá se sigue acercando a la ermita que dio origen al Valle de la Virgen, aquella donde se asienta nuestra ciudad.