Pase lo que pase, nuestra esperanza

Escribo esta columna unos días antes de ir a votar en la segunda vuelta presidencial, en las elecciones menos predecibles que me imaginé jamás.
"La esperanza, he aprendido en estos meses, nace de la colectividad", dice Gabriela Carrera.
“La esperanza, he aprendido en estos meses, nace de la colectividad”, dice Gabriela Carrera.

Escribo esta columna unos días antes de ir a votar en la segunda vuelta presidencial, en las elecciones menos predecibles que me imaginé jamás.

Lo hago de manera atenta, sintiendo que el tiempo entre junio y agosto se hizo largo, accidentado por una serie de ataques a la democracia y a la ciudadanía de este país: campañas de desinformación que buscan desprestigiar a candidatos en vez de hablar de los proyectos de transformación; manipulaciones del discurso religioso judeocristiano para confundirnos a las personas de fe, suplantación de campañas políticas, compra de votos y de estrategias que distorsionan el sentido de las elecciones.

También es un tiempo lleno de esperanza.

La esperanza, he aprendido en estos meses, nace de la colectividad. No es posible, o al menos sería muy difícil, vivir la esperanza en soledad. La esperanza se nutre del encuentro colectivo. Casi podríamos decir que la esperanza es una relación social, que necesita de dos o de más (mejor si son muchas y muchos), para ser efectiva.

La esperanza política de un país distinto para vivir se expresa en la cotidianidad, cuando nombramos cómo imaginamos la Guatemala que nos merecemos. En el diálogo se esconde la esperanza, un diálogo abierto a escuchar. La esperanza también habita el voto de quien se ha despojado de las perversas premisas de “qué más da un voto”, “mi voto no cambia nada” y ha revertido esa narrativa, al punto de defender el voto en las redes y en las calles. Reconocer lo que significa el poderoso acto de votar, esto también es esperanza.

Vivo en la Ciudad de Guatemala, un lugar con dificultades para cuidar, mantener y sostener la esperanza y donde la indiferencia a los problemas que compartimos como sociedad local, se incitan por las largas horas en el tráfico, por la dificultad de tener oportunidades laborales, por las pocas oportunidades para llegar a la universidad… Y, en medio de tanto, es un lugar de esperanza: el voto de las personas que habitamos la Ciudad de Guatemala, las voces críticas que les representan, las llamadas a la movilización, la campaña ciudadana por la defensa de la democracia, la formación política en tiempo récord, la apertura de tantos espacios de diálogo (los familiares, los virtuales, los pequeños, todos), los memes, las cadenas de Whatsapp, el mantenerse a tiempo con las noticias, el levantar la voz. Así, estos meses, la política se ha vuelto cotidiana y la esperanza se ensancha.

Pase lo que pase, queda nuestra esperanza. Aunque vengan momentos difíciles, aunque las pruebas se multipliquen, aunque haya cansancio y frustración, la historia es de quien la asume como propia y se arriesga a construirla. Mientras haya quienes se sumen a luchar por este país existirá esperanza, y eso me basta para seguir creyendo en un futuro más digno. Vuelvo a decirlo: la esperanza una vez más se impone y ojalá sea para largo.

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"Los tiempos de antes eran mejores", "pórtese bien, mijita" son frases que hemos escuchado de nuestros abuelos, abuelas o personas mayores que nos rodean, nos pueden parecer trilladas o hasta molestas, pero detrás de esas palabras hay algo más profundo: son las voces de quienes llevan más tiempo habitando esta ciudad, quienes han visto transformarse las calles que caminamos y recuerdan cómo era vivir aquí cuando se podía salir a jugar en la banqueta. Sus palabras nos dan pistas de cómo perciben el presente a través de décadas de experiencias.