Escribir otra historia

Este 2023 se cumplen tres años desde que la pandemia del Covid-19 vino a convivir con nosotras y nosotros. Aunque ya existen vacunas para contrarrestar el virus, la gente tiene más opciones para curarse y los gobiernos impulsan el regreso a la ‘normalidad’, no quiero pensar que volveremos a esa normalidad.
Foto: Pia Flores

Este 2023 se cumplen tres años desde que la pandemia del Covid-19 vino a convivir con nosotras y nosotros. Aunque ya existen vacunas para contrarrestar el virus, la gente tiene más opciones para curarse y los gobiernos impulsan el regreso a la ‘normalidad’, no quiero pensar que volveremos a esa normalidad.

Solo pasar la página y seguir con nuestras vidas sería lanzar por la borda una serie de aprendizajes y reflexiones que nos pueden llevar a formas de vida más conscientes con el planeta y la humanidad. Estoy convencida de que para poder subsistir no necesitamos producir más, trabajar más, apropiarnos de la tierra, del tiempo de la gente ni de los territorios. De hecho, ese despojo y consumismo sin límites es lo que está provocando el cambio climático, la desigualdad y nos ha llevado al toque de queda constante porque no vivimos con garantía de nuestros derechos ni libertades.

Prestar atención a los cuidados, a esas labores que históricamente han asumido mujeres y pueblos originarios, sería un paso importante. La raíz de la vida está en ello, en la relación que cultivemos con la naturaleza y los seres que la conforman.

Transformar el paradigma de éxito y competencia por uno de colectividad y resistencia. ¿Qué mundo estamos construyendo para las nuevas generaciones? ¿Dejaremos al planeta sin agua, seguiremos siendo testigos de las guerras? ¿Seguirán existiendo superricos, mientras millones mueren de hambre? Quizás esta pandemia no sea la primera, pero han existido otras y hemos pasado de largo.

Desde este pedacito del mundo en el que habito llamado Ciudad de Guatemala, también siento esa pesadez. La ´normalidad’ es que exista tráfico a toda hora, que los servicios públicos hayan empeorado, que los costos de vivienda sean impagables y que los políticos corruptos que han gobernado por años sigan en el poder. Pero me niego a creer que esa es la única forma de vida posible.

Creo que el reto está en soñar que podemos vivir de otra manera, en no aceptar que nos impongan la angustia y el conformismo. En amar tanto una nueva vida, que vayamos por ella. Las ciudades tienen ese desafío mayor, que, entre edificios y calles de cemento, pueda renacer la alegría. Que resignifiquemos las relaciones cotidianas, el trabajo, la economía, la política. Y para ello tendrá que existir incluso otro Estado, otras instituciones, o simplemente otras maneras que tengan otros nombres y prácticas a las que hoy conocemos (y ya existen, no empezamos desde cero).

Y, entonces, podremos voltear la página, porque habremos escrito una nueva historia…

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