Hay algo muy injusto en la forma en que se recaudan impuestos en Centroamérica. Los sistemas de nuestros países cargan más presión sobre quienes menos tienen.
Marlen González ha trabajado durante 41 años. Ha sido encargada de limpieza, cocinera, niñera, jardinera, lavandera, consejera, enfermera, cuidadora de mascotas y más. Pero nunca ha recibido un sueldo por ello y tampoco podrá jubilarse. La razón es simple, su trabajo no es reconocido por el Estado de Guatemala. Ella es ama de casa.
Para los repartidores de Uber Eats, algunos días son buenos y otros no tanto. Los trabajadores de las APP de delivery tienen jornadas de hasta 12 horas diarias, conducir decenas de kilómetros y solo ganar Q50 —US$6—. En la ruta, la protección por accidentes o robos tampoco está garantizada, aunque su vida está en peligro todos los días.
Mil llamadas y correos mensuales, cientos de mensajes por contestar y decenas de quejas por tolerar. La comunidad callcentera conoce esta rutina mejor que nadie y en varios idiomas. El sector le aporta a Guatemala US$1,200 millones en exportaciones, pero a nivel individual le puede costar salud mental y emocional a miles de jóvenes.
En Centroamérica, la riqueza está concentrada en pocas manos: 1,120 millonarios acumulan fortunas que, juntas, podrían comprar todos los clubes top de Europa.